Con el paso del tiempo las personas no sólo cambian físicamente, también cambian de forma de pensar sobre sí mismas y los demás; cambian su forma de entender la vida, debido a que las situaciones y circunstancias que le rodean no son las mismas. La pareja que antes se llevaba bien y se compenetraba, hoy puede seguir igual de bien porque, aunque las circunstancias hayan cambiado, ambos miembros de la pareja han sabido adaptarse y resolver las diferencias para lograr intereses comunes; o puede haberse roto porque los intereses de cada uno han seguido caminos muy distintos, lo que ha hecho que las diferencias fueran irreconciliables. Esto indica que las relaciones de pareja no tienen que ser forzosamente para siempre y que, llegado el momento, la separación puede ser una opción.
Cuando la convivencia de pareja es insostenible; cuando la falta de entendimiento no se soluciona a pesar de haber hecho esfuerzos para aportar soluciones a las dificultades de la pareja (se ha tratado de dialogar, se ha acudido a un profesional, se ha intentado cambiar la forma de ser y de actuar); cuando ya ha pasado el tiempo y uno o ninguno de los miembros de la pareja ha dado muestras de querer cambiar o arreglar las cosas; cuando ya se han dado segundas, terceras y cuartas oportunidades, la separación o el divorcio deben considerarse. Ya no se está ante un bache o un momento difícil, se está ante una relación que no conduce a nada, que no funciona, que puede generar gran desconsuelo a ambas partes y, en el caso de que la pareja tenga hijos, afectar a la relación padres-hijos y a su bienestar.

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