Si usted sufre regularmente porque le invaden miedos infundados, ira, o porque siente desconfianza, culpa, ansiedad, depresión, cambios de humor o fobias, probablemente esté convencido en lo más profundo de su ser de que, como es lógico, usted no tiene ningún control sobre esas emociones. Sin duda, parte de esa creencia es cierta. Si usted está caminando y le da un calambre en la pierna, puede pararse y descansar hasta que mejore, pero si usted tiene un dolor emocional, no hay ningún remedio así de obvio.
Le enseñaremos cómo hacerse cargo en mayor medida de sus emociones. Las emociones dolorosas que surgen sin causa obvia o que siguen presentes mucho después de la desgracia que las pudo hacer surgir son una manifestación de la adicción a la infelicidad. Sin darse cuenta, la gente busca emociones dolorosas porque anteriormente, en algún momento de su vida, interpretaron erróneamente que eso era lo que se suponía que tenían que sentir. Sin saberlo confundieron ese sentimiento doloroso con la felicidad y, como resultado de ello, desarrollaron la necesidad de volver a sentirlo. En ese sentido el dolor emocional tiene un propósito concreto, aunque ciertamente no ocurre a propósito.
Aunque pueda resultar sorprendente y de alguna manera desconcertante darse cuenta de que en gran medida usted es el autor de lo que siente, saber esto también le dará a usted fuerza. Gracias a que esos estados de ánimo dolorosos son Mitos aprendidos en la infancia, no taras de nacimiento, pueden desprenderse. Una vez que eso ocurre, se liberará de la infelicidad provocada por usted mismo. De una forma consistente podrá elegir estados de ánimo y emociones positivas, y esta actitud solo cambiará ante acontecimientos verdaderamente desgraciados.
Parte del proceso de desaprender es distinguir la infelicidad «apropiada» de la infelicidad «gratuita».
Lainfelicidad apropiada es una respuesta realista ante un acontecimiento desgraciado. La infelicidad inapropiada es una reacción exagerada o una experiencia buscada que se utiliza para satisfacer la adicción a la infelicidad. La tristeza que surge ante una pérdida importante es algo inevitable. Si se añade una infelicidad gratuita, a esa respuesta inicial puede añadirse también una depresión o ansiedad que no están en proporción con la pérdida real o que sigue presente por muchos meses o años. Esa reacción hace difícil seguir adelante, provoca ira o sospechas ante otros, o fomenta la convicción de que usted no vale nada y que tiene la culpa de lo que ocurre. Por ejemplo, un hombre que conocimos experimentó esa infelicidad gratuita cuando su coche se le averió durante las vacaciones, y él y su familia tuvieron que esperar un día o dos antes de continuar su viaje. Su mujer y sus hijos lo animaron a que se fuera con ellos a disfrutar en la piscina del motel. Pero la ansiedad que sentía por la avería y por el retraso consiguiente era tan dolorosa
que solo conseguía aliviarse quedándose en el garaje para ver cómo el mecánico arreglaba su coche. Esa ansiedad que le dominaba, provocada por su adicción a la infelicidad, le impidió sacar provecho a la situación y disfrutar de ese tiempo libre con su familia.
La infelicidad gratuita puede surgir también cuando una persona, sin saberlo, persigue el dolor para poder gratificar su adicción a la infelicidad. Un ejemplo es una mujer que trabajó diligentemente durante tres años en una novela y, cuando fue aceptada por un editor, reaccionó con una profunda depresión.
Al igual que ocurre con todos los esfuerzos que usted haga por mejorar su
vida, las recaídas son parte del proceso de curación y no una señal de que el camino es demasiado difícil o de que el objetivo es inalcanzable.


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